Marketing & IA

La IA no nos va a quitar el trabajo

He usado la IA desde GPT-3, he pagado por ella y he cobrado mejor gracias a ella. Por eso no creo que vaya a quitarnos el trabajo, ni a salvarnos.

La IA no nos va a quitar el trabajo

La inteligencia artificial está despertando sentimientos encontrados en personas muy distintas alrededor del mundo. Hay quienes le tienen miedo a que les quite el trabajo y, como respuesta, buscan argumentos morales contra ella. Otros tienen miedo de quedarse atrás y entonces se lanzan a consumir información técnica, cursos, hacks, bibliotecas de prompts, cualquier cosa que les permita aprovechar este momento antes de que otros lo aprovechen mejor. Algunos ven un peligro inminente para la humanidad. Y hay quienes, en el extremo contrario, ven la llegada de un nuevo ser humano: un ser humano imbuido de inteligencia artificial, corregido por la inteligencia artificial, tal vez hasta gobernado por ella, donde ya no manden tanto los intereses personales, gubernamentales o empresariales, sino una especie de cálculo matemático imparcial buscando el mejor futuro posible.

Todos están reaccionando. Todos están tratando de acomodar en su cabeza una tecnología que apareció demasiado rápido y que todavía no sabemos nombrar bien. Y yo quiero dar mi perspectiva, no porque tenga todas las calificaciones del mundo para decir que mi visión es definitiva, sino porque he estado desde el principio de esta revolución mirándola, usándola, invirtiendo tiempo en ella y, también, recibiendo beneficios concretos de ella.

No recuerdo exactamente el año, porque soy malo recordando fechas, pero me hice una cuenta desde Cuba cuando todavía hablábamos de GPT-3. Recuerdo aquellos primeros juegos en los que emulábamos discursos de líderes políticos y yo ponía a Fidel a decir cosas que él nunca pensó decir, en broma, claro, pero con esa mezcla de asombro y travesura que producen las tecnologías nuevas cuando todavía no han sido domesticadas. También recuerdo cuando empezamos a probar si podía escribir poesía, o si podía servir como compañero de diálogo para llegar a ciertas ideas. Luego los modelos mejoraron y dejé de verlo solamente como juguete. Empecé a meterlo en el trabajo.

Hice cursos de OpenAI sobre inteligencia artificial y sobre prompts. Aprendí, en aquellos primeros tiempos, la importancia de separar el contexto de la orden específica, de poner entre comillas lo que la IA debía tomar como material y dejar fuera lo que debía tomar como instrucción. Hoy eso ya no es tan decisivo, porque los modelos entienden mejor, pero se me quedó como hábito. Guardaba bibliotecas de prompts. Vi llegar la generación de imágenes y, después, la del video, y vi cómo se fue acortando el proceso de diseño, de edición, de marketing, de atención al cliente. Y no lo digo de forma abstracta. Mi productividad aumentó. La cantidad de clientes que podía atender aumentó. Pude concentrarme más en el marketing digital porque una parte del proceso creativo, que antes me tomaba mucho más tiempo, se volvió más ligera.

Por eso, cuando hablo de inteligencia artificial, no estoy hablando desde la esquina cómoda del que la mira con sospecha pero nunca la toca. La he usado. Me he aprovechado de ella. He pagado por ella. Y también he cobrado mejor gracias a ella. Pero justamente por eso creo que hay que bajarle un poco el tono a las fantasías, tanto a las apocalípticas como a las utópicas.

La inteligencia artificial no va a acabar con el trabajo humano.

El trabajo es una tecnología humana

No lo va a hacer porque el trabajo no es simplemente una lista de tareas que alguien ejecuta. Es, antes que nada, una tecnología humana: no sirve solo para producir cosas, sirve para ordenarnos unos frente a otros, para competir, negociar, servir, comprar, vender, medirnos y darnos valor delante de la sociedad. Una máquina que produzca no disuelve nada de eso. Por eso la idea de que dejemos de trabajar es más utópica, más difícil y más extraordinaria que la idea misma de que exista inteligencia artificial. Para que no trabajemos no basta con que una máquina haga cosas. Tendría que desaparecer una parte demasiado profunda de la manera en que nos organizamos.

Por eso no creo ni en la utopía de la renta universal donde las máquinas hacen todo y nosotros descansamos felices, ni en la pesadilla tecnocrática donde las máquinas hacen todo y nosotros quedamos a merced de los dueños de las máquinas. Las dos visiones tienen algo de teatro. La realidad probablemente será más gris y más incómoda: seguiremos trabajando, pero muchos trabajos cambiarán de forma.

Lo que cambia es el criterio, no el trabajo

¿Qué va a pasar entonces? Que la inteligencia artificial va a obligar a que ciertos trabajos se diversifiquen. No necesariamente a que cada persona se vuelva más especialista en una sola cosa, sino a que toque varias aristas que antes estaban repartidas entre distintos especialistas. Ya escribí sobre eso en “El regreso del todólogo”. La IA empuja a una especie de regreso del profesional con criterio amplio, del que no solamente sabe ejecutar una parte mecánica del proceso, sino que entiende hacia dónde debe ir el resultado final.

Pensemos en un diseñador. Antes podía bastar con que tuviera buena mano, buen trazo, buena técnica. Y no digo que eso deje de importar. Sería absurdo decirlo. Pero ahora va a importar más todavía que entienda qué necesita una marca, qué necesita transmitir, qué quiere vender, qué sensación quiere causar. El diseñador que solo sabe dibujar pierde terreno frente al diseñador que entiende marketing, identidad, narrativa, intención. Y, al mismo tiempo, el diseñador que entiende todo eso pero no tiene ojo artístico también se queda corto, porque la IA puede generar una imagen probable, estadísticamente razonable, bonita incluso, pero no necesariamente puede encontrar el punto exacto que se está buscando. Ese punto exacto necesita criterio humano. Necesita edición posterior. Necesita a alguien mirando y diciendo: esto todavía no es, esto se acerca, esto transmite lo contrario, esto parece bonito pero no vende, esto vende pero traiciona la esencia.

Ahí está el cambio: no desaparece el trabajo, cambia la clase de criterio que se premia.

Tampoco creo que la inteligencia artificial vaya a traer una dictadura de tecnócratas gobernando la humanidad mediante cálculo puro. No porque los tecnócratas no quieran, que algunos seguro quieren, sino porque la inteligencia artificial no puede reemplazar todos los trabajos que sostienen la competencia humana. Mientras exista capitalismo —empresas, personas, marcas y países compitiendo entre sí— seguirá existiendo la necesidad de criterio, de carácter, de interpretación, de riesgo. La IA ayuda a producir. Pero competir no es solo producir. Una máquina puede calcular la opción más probable, pero no es ella la que pierde el cliente, ni la que arriesga su nombre, ni la que carga con el costo de haberse equivocado. Por eso competir es decidir qué producir, para quién, cuándo, con qué tono, con qué riesgo, con qué costo, con qué sacrificio y con qué propósito.

Toda gran tecnología ha sido peligrosa

¿Puede la inteligencia artificial ser peligrosa? Claro que puede. Pero toda gran tecnología lo ha sido. La pólvora, las bombas atómicas, la industria, internet: cada una abrió una puerta nueva y, junto a ella, una forma nueva de hacernos daño. El hecho de que una tecnología sea peligrosa no significa que sea excepcional en la historia humana; significa más bien que pertenece a la familia de las tecnologías grandes, de esas que expanden nuestras capacidades y, al expandirlas, también expanden el daño que podemos hacer.

No digo esto para minimizar el peligro. Lo digo para ponerlo en su lugar. Cada vez que el ser humano inventa una herramienta poderosa, inventa también una nueva forma de hacerse daño. Pero también inventa una nueva forma de vivir mejor. El capitalismo, con todas sus desigualdades y con todas sus injusticias, ha logrado que vivamos vidas que hace mil años hubieran parecido vidas de reyes. La cama en la que dormimos, la comida que comemos, la ropa que usamos, la posibilidad de comer frutas fuera de estación, la medicina, el transporte, la comunicación, todo eso viene de una cadena inmensa de competencia, ambición, mercado, técnica y deseo humano.

Sí, el capitalismo aumenta la distancia entre el 1% y el 99%, porque al promover la competencia concentra poder en los más competitivos. Pero también eleva la línea completa. El 1 sube más, pero el 99 también sube. Esa es la parte que muchas veces se pierde en la discusión. No es que la desigualdad no exista. Existe. No es que no duela. Duele. Pero si miras la línea histórica, no solamente aumentó la distancia entre los de arriba y los de abajo; también cambió lo que significa estar abajo. El pobre moderno vive rodeado de tecnologías que hubieran sido milagros para generaciones anteriores.

Con la IA va a pasar algo parecido. Habrá concentración y habrá abusos; habrá empresas que se vuelvan obscenamente poderosas y trabajadores desplazados de ciertas funciones; habrá gente que se quede atrás por orgullo, por miedo o por pereza. Pero también habrá una elevación general de capacidades. Personas comunes van a poder hacer cosas que antes requerían equipos. Pequeños negocios van a poder producir contenido, analizar datos, ordenar finanzas, diseñar campañas y tomar mejores decisiones sin contratar a cinco especialistas distintos. No todos lo harán bien. Pero la posibilidad estará ahí.

Un futuro aburrido y, a la vez, excitante

Por eso el futuro que veo no es una catástrofe cinematográfica. Es algo más aburrido y, a la vez, más excitante. Aburrido porque la IA terminará absorbida por la vida diaria como fue absorbido internet. Personas de 1990 mirarían muchas cosas que hacemos hoy y las llamarían ciencia ficción, pero nosotros no las vivimos así porque ya forman parte del paisaje. Lo mismo pasará con la inteligencia artificial. Las nuevas generaciones serán nativas de IA como otras fueron nativas de internet.

Pero es excitante porque el ser humano, que siempre ha sido la especie de las herramientas, creó ahora una herramienta que trabaja sobre la inteligencia misma. No es una pala, no es una rueda, no es una máquina de vapor. Es una herramienta abstracta que ayuda a pensar, producir, ordenar, imaginar, corregir, comparar, traducir, diseñar y programar. Una herramienta que no reemplaza las demás, sino que acelera la creación y el uso de las demás.

Lo que nos queda

Ahora bien, los que creen que hay que aprovecharla tienen razón. Solo que también pueden equivocarse si creen que la IA reemplaza las virtudes que siempre han importado. La persona disciplinada, la que sabe ahorrar, la que sabe emprender, la que entiende al ser humano, la que sabe vender, comprar, negociar, tratar con clientes, formar relaciones y sostener una reputación, seguirá teniendo ventaja antes, durante y después de esta revolución. La IA no elimina el carácter. Al contrario, lo deja más expuesto.

Incluso un vendedor de frutas puede usar IA. Puede usarla como contador, como segunda opinión, como ayuda para organizar inventario, como guía para pensar precios o promociones. Pero si al lado tiene otro vendedor que no usa IA, pero conoce mejor a sus clientes, tiene disciplina, sabe comprar, sabe vender, sabe cuándo esperar y cuándo arriesgar, ese vendedor todavía puede ganarle. La herramienta no sustituye al hombre que sabe usar herramientas. Y mucho menos sustituye al hombre que sabe tratar con otros hombres.

Entonces, ¿qué nos queda? Lo mismo de siempre, pero con una herramienta nueva encima: carácter, disciplina, inteligencia y la decisión de actuar. Y junto a eso, integrar la inteligencia artificial en nuestros procesos para no quedar desfasados de lo que la humanidad está haciendo. No adorarla ni temerle como si fuera un demonio inevitable, ni venderle el alma al primer tecnócrata que prometa un futuro calculado. Usarla, entenderla, corregirla, ponerla al servicio de aquello que ya debíamos estar cultivando antes de que apareciera.

Porque al final la IA no cambia lo más básico: el ser humano sigue siendo el diferenciador principal.

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