Maceo contra la vulgaridad disfrazada de cubanía
El cubano anti-asere
Contra la vulgaridad disfrazada de cubanía
Hay una imagen del cubano que me molesta porque no es completamente falsa.
Si fuera una caricatura inventada por enemigos, bastaría con rechazarla. Pero uno la ha visto demasiadas veces en el cubano promedio, o quizás en el cubano que más destaca precisamente por las siguientes características: ruido, indisciplina, pose de guapo y una seguridad casi infantil en la grosería. Me refiero al tipo que necesita escuchar dos “pingas” y tres “cojones” para convencerse de que alguien habló claro, al que confunde carácter con guapería, al que solo reconoce la fuerza si llega gritando, ofendiendo o haciendo del descaro una prueba de hombría.
El pueblo cubano es otra cosa, o al menos lo era. Y no me refiero a quien se da aires de aristócrata. En gente sencillísima, incluso iletrada, hay nobleza, gracia, inteligencia verbal, sacrificio y resistencia. La falsificación empieza al usar la palabra “pueblo” para perdonarnos cualquier bajeza. A cualquier descarga vulgar le ponemos el calificativo de autenticidad. A la falta de forma le llamamos humildad. “Calle” termina sirviendo como justificación del hombre incapaz de gobernarse. Cuando alguien exige honor, pensamiento o una mínima altura verbal, aparece la acusación de ser fino, flojo, bitongo, altanero, desconectado de la gente o que no es ‘real’.
A ese tipo de moral, a ese tipo de cubano, no a la palabra en su sentido amistoso, le llamaré aquí “asere”.
Usada con limpieza, asere en Cuba puede ser una palabra noble de cercanía: puede ser el amigo, el socio, el cubano reconociendo a otro cubano sin protocolo. Pero acá la trataré en su versión degradada: una forma de ser que ensucia lo grande para sentirlo cercano y ya no distingue entre lo popular y lo vulgar.
Ahí aparece Antonio Maceo como contraste de este ‘asere’ y referente de un hombre nuevo cubano que es más ‘viejo’ de lo que podemos imaginar.
Uno de los hombres más fuertes de nuestra historia no necesitó volverse bruto para mandar. Maceo era particularmente interesante como sujeto cubano. Era mulato en época de racismo, autodidacta por no poder acceder a la misma educación que sus pares criollos, fuerte y valiente, pero intelectualmente despierto y, sobre todo, honorable. No hablamos de un ídolo en la distancia: es cierto que las épocas pulen las estatuas de hombres de carne y hueso que para nada eran perfectos. Hablamos de la imagen que Maceo aspiraba a encarnar. Una imagen muy distante del ‘asere’. Muy distante del escandaloso y genital hombre de barrio que muchos cubanos aspiran hoy a ser.
Maceo no aparece para mirar al pueblo desde arriba. Mestizo, hombre de finca, campamento, guerra, heridas, persecución y mando. Precisamente por eso importa. Su vida desarma una excusa cómoda: la idea de que una existencia dura autoriza la chabacanería. Si él sostuvo la dignidad en la manigua, nadie puede decir que la dignidad sea cosa de gente cómoda. Si su calle fue una guerra real, nadie tiene derecho a llamar “falta de calle” a la altura verbal.
Martí lo vio con una precisión que todavía nos corrige. Dijo que tenía en la mente tanta fuerza como en el brazo. La frase rompe la caricatura. No era solo machete, cuerpo, bronce o mito del mulato bravo. Había en él una arquitectura interior. La fuerza física estaba ahí, pero no iba sola. También había juicio, dominio y sentido de república.
Hoy cuesta imaginar esa combinación porque nos acostumbramos a separar lo fuerte de lo refinado como si fueran enemigos. De un lado dejamos al hombre educado, supuestamente inútil para la pelea. Del otro ponemos al guapo vulgar, presentado como auténtico porque se atreve a hacer lo que otros no hacen. Esa división es falsa, y peor todavía: es propia de pueblos dañados. El Titán no cabe en ninguno de esos moldes. No fue delicado ni chabacano.
La Protesta de Baraguá concentra esa diferencia de manera casi insoportable. En 1878, después de una guerra larga y agotadora, el Pacto del Zanjón ofrecía una salida. No una victoria. Una salida. Hay que tomar en serio esa tentación, porque Maceo también sufría los escarnios de la guerra, y su mente y cuerpo le pedían descanso. El cansancio presenta argumentos. Las familias destruidas, los muertos, las enfermedades, el exilio y la pobreza pesan sobre la conciencia de cualquiera. Aun así, el Titán de Bronce rechazó la salida en el momento exacto en que aceptar podía parecer humanamente comprensible. La frase que quedó en la historia cubana define el tipo de hombre ‘anti-asere’ al que nos exponemos:
No nos entendemos.
No hubo vulgaridades, gritos, blasfemias. Y no porque no existieran en la época —en toda época existieron— sino porque no son admisibles en el trato de dos hombres de honor, grandes aunque enemigos. Capaces de cortarse el uno al otro la cabeza, pero de tratarse con respeto en medio de las negociaciones. El ‘asere’ es incapaz de ver a su enemigo sin ‘soltarle’ un par de ‘pingas’ y sentirse airoso por tal proeza.
Al comunismo cubano hay que acusarlo por la formación (o deformación) de este individuo en cada uno de nosotros. Porque sí, cada uno de nosotros tiene un poco —o ‘un mucho’— de ese asere dentro. El comunismo caribeño no solo empobreció, reprimió y expulsó: también vulgarizó. Acostumbró al hombre a vivir sin verdad pública. Después de décadas así, la palabra de honor se rompe: se dice una cosa, se piensa otra y se hace una tercera.
Culpar solamente al comunismo, sin embargo, sería demasiado cómodo. El castrismo agravó y sistematizó el daño, aunque no inventó todos nuestros defectos. Si mañana cae la dictadura y queda intacto el cubano degradado, tendremos símbolos nuevos sobre un alma rota. Un alma que aceptó su papel de isla bananera y de ciudadano turístico, servil al turista para ganarse el día a día que el gobierno no le puede proporcionar. Caímos seducidos ante la droga del reggaetón y las cadenas de oro de la cultura gansteril, o como se dice en Cuba, el ‘reparterismo’.
La figura de Maceo obliga a preguntar qué tipo de cubano puede construir y sostener la Cuba post-castros. Odiar al tirano no basta: hace falta formar hombres que no necesiten otro tirano después. Gritar libertad tampoco alcanza: hay que volverse capaz de usarla sin envilecerse, sin constantes vulgaridades y con elevada capacidad mental. Estar del lado correcto de la historia no garantiza salud moral.
Ese punto molesta, pero conviene decirlo. Existe un anticomunismo vulgar, resentido, oportunista y vacío. Existe una oposición que acierta en el enemigo, pero se equivoca en el tipo de hombre que Cuba necesita. Alguien puede odiar correctamente a la dictadura y seguir siendo incapaz de vivir como ciudadano. Y la Florida ya está sufriendo esta realidad, según las críticas de los más antiguos habitantes de la diáspora cubana. Ha llegado una generación que grita “Cuba libre” con una boca acostumbrada a no obedecer ninguna idea de honor.
Por eso al hombre que se necesita, a la mujer cubana que construye sociedad, al ciudadano que sabe convivir en honor y respeto, me interesa llamarlo el cubano anti-asere. No desprecia al barrio, pero demuestra que el barrio no tiene por qué convertirse en medida moral de la patria. Para ser valiente no necesita que lo disfracen de guapo.
Y ese era también Maceo, un Maceo muy nuestro que viene a exigirnos que nos elevemos a su altura.
Nadie quiere que Martí o Maceo sigan muertos en un mural de primaria o en un acto político del Estado. El problema empieza al no saber devolverlos a la vida sin convertirlos en caricaturas ‘durakitas’ de nuestra degradación.
Y eso es lo que se ha intentado hacer con Antonio Maceo. Frases como “más cojones que Maceo” o “la pinga de Maceo” existen porque el habla popular cubana tradujo su valentía al idioma de la degradación cultural. Esa vulgarización dice más de nosotros que de él. Muchas veces el alma de un pueblo roto admira la grandeza y, al no saber sostenerla en su altura, la reduce a su tamaño.
Todo lo que expongo no quiere decir que el humor cubano sea el enemigo. Sin humor, probablemente no habríamos sobrevivido. Puede defender al débil contra el poderoso, desinflar al tirano, ridiculizar la solemnidad falsa e impedir que el miedo se vuelva absoluto. Pero debe también haber un lugar para lo sagrado, lo digno y lo honorable. Nuestro choteo no puede ser eterno y constante. No somos goblins.
Hay un choteo que libera y otro que mantiene al mediocre tranquilo. El primero se burla del poder. El segundo se burla de cualquiera que intente no parecerse al ambiente.
En el debate político, sobre todo al hablar de Cuba, aparece también lo siguiente: uno intenta pensar moralmente la oposición al castrismo, y enseguida sale la respuesta cómoda: no hacen falta argumentos, todo contra la dictadura sirve, lo importante es “cantársela”. Pero si todo sirve, nada construye. Una patria no se levanta solo con antipatía al enemigo. Necesita una idea de hombre.
No somos un pueblo sin herencia.
A nosotros nos han interrumpido demasiadas veces la herencia. Y una herencia interrumpida deja pedazos rotos que luego se confunden con identidad. De ahí salen muchas mentiras: el cubano no sirve para la ley, necesita un jefe fuerte, solo entiende por la mala, no puede hablar sin gritar, lleva la vulgaridad en la sangre.
Frente a esa mentira, la vida de Maceo es una prueba incómoda.
Prueba que otra cubanía existió. Una cubanía con cuerpo, mezcla, dolor y calle histórica, pero también con honor. Si una posibilidad existió, deja de ser fantasía. Puede estar enterrada, debilitada, interrumpida, pero no anulada.
El cubano anti-asere sigue siendo pueblo. Puede hablar desde abajo, con rabia, con fuerza, con frases duras si hacen falta. La diferencia está en el centro moral. No usa al pueblo como excusa para envilecerse. No le teme al conflicto. Tampoco confunde conflicto con chusmería. Sabe que una nación no se salva si sus hombres solo aprenden a sobrevivir.
Hay que recuperar la capacidad de sentir vergüenza ante ciertas formas de vida. No vergüenza de ser cubanos. Vergüenza de llamar cubanía a todo lo que nos rebaja.
Desde esa altura incómoda, Maceo todavía mira. No pide que dejemos de ser cubanos. Pide que dejemos de usar la cubanía como permiso para ser peores. Recuerda que la fuerza puede tener forma, que el origen popular no obliga a la chusmería, que la herida no tiene derecho a gobernar el alma y que una paz sin dignidad no merece comprarse con el nombre de paz.
Al final, Baraguá sigue siendo la frase necesaria. No como consigna escolar, sino como postura ante todo lo que quiere rebajarnos y después convencernos de que eso es realismo.
No nos entendemos.
Esa respuesta vale frente a la dictadura que destruyó la patria mientras hablaba en nombre de ella. También frente a una parte del exilio convencida de que basta odiar al comunismo para estar moralmente sano. Vale contra la vulgaridad vendida como autenticidad, contra el choteo que rebaja todo lo grande y contra la idea miserable de que ser de pueblo significa vivir sin formas.
Maceo, el cubano anti-asere, no viene a quitarnos lo cubano.
Viene a devolvérnoslo limpio de una mentira: la de que nuestra degradación es nuestra esencia