Fe

Por qué no puedo ser ateo (ni aunque quisiera)

Mi propia experiencia de fe.

Por qué no puedo ser ateo (ni aunque quisiera)

Hay personas que pueden pensar el ateísmo como una posibilidad limpia. Lo ven desde el matiz filosófico. Otros nacen en una casa no religiosa, no han tenido experiencias que les parezcan sobrenaturales, estudian los argumentos, la tendencia actual de la academia, miran el sufrimiento del mundo, ven la historia de la iglesia con distancia y concluyen que no creen. Puedo entender ese camino. No lo comparto, pero lo entiendo y lo respeto cuando es honesto.

Pero ese no es ni puede ser mi caso. Yo no creo en Dios solo por la tinta coherente de las Escrituras, la experiencia milagrosa de la transformación de mi carácter o los devastadores argumentos filosóficos que nos llevan a una primera causa muy similar a Él. Aparte de todo esto he vivido ‘cosas’ que son muy difíciles de desvivir.

Entiendo que alguien me objete: cualquier cosa que me digas que viviste, una luz bonita que viste, una voz que escuchaste, nada de eso tiene valor así que ahórrate las palabras, ese análisis es subjetivo, no se le pueden aplicar instrumentos científicos, fácilmente cae en errores que la propia memoria del sujeto no puede distinguir, sin hablar de cómo en todas las religiones hay experiencias contradictorias producto de la sugestión. Y es una objeción razonable. Permíteme unos cuantos párrafos más o menos y verás por qué, aún así, me apoyo tanto en este punto.

Cuando uno quiere ser honesto, lo que se vivió también cuenta como evidencia. ¿O nos debemos lobotomizar nuestra propia historia? A mí me pasó algo cuando tenía 17 años, y te lo quiero compartir.

Una conversación en un ómnibus

En esa época estaba empezando a tomarme el estudio de la Biblia y la oración insistente muy en serio. Leía la Biblia todos los días, oraba, buscaba a Dios con esa intensidad rara de la adolescencia donde se mezclan la ingenuidad y el hambre real. Para mí la Biblia no era un libro domesticado, era un mar de sabiduría contenido en las viejas páginas de aquel libro que había recuperado de los estantes de mi padre, y que en algún momento fue usado por mi bisabuela, de la cual todavía tenía anotaciones. Estaba leyendo Génesis: la historia de José, vendido por sus hermanos, preso, olvidado, interpretando sueños, entendiendo que debajo de una imagen extraña como la de vacas flacas que devoran a la usanza de leones a las vacas gordas, podía haber una advertencia, una dirección de Dios. Esa historia me tenía tomado.

Estudiaba artes. Viajábamos en un ómnibus pequeño que nos recogía para llevarnos a la escuela. Allí iba también Lisi, una muchacha reservada, parte del mundo estudiantil y de los muchachos cristianos, pero no alguien cuya vida yo conociera. Un día la vi mal y le pregunté qué le pasaba. Yo era más extrovertido, más metido, más guaroso, como decimos en Cuba. Me dijo que había tenido un sueño y que la había dejado mal: una perra y sus cachorros muertos, específicamente una perra que paría y se acostaba encima de sus crías hasta matarlas. Una imagen fea, perturbadora como la de las vacas. Y ese sueño no la dejaba estar tranquila.

Imagínate el contexto: yo leyendo a José todo el tiempo, pensando en sueños, símbolos, interpretación, en Dios hablando dentro de imágenes raras. Le dije que algunos sueños podían tener interpretación y le pregunté, de alguna forma, si creía que Dios quería decirle algo. Y entonces intenté interpretar.

No escuché una voz. No vi una luz. No hubo nada cinematográfico. Lo que vino a mi mente fue una conexión: la perra era el trabajo de su casa, los cachorros el fruto de ese trabajo, ya… solo eso me hizo deducir que si la imagen hablaba de muerte, entonces el trabajo de su casa iba a destruir el fruto de su trabajo. Se lo dije así. Y después hice una pregunta producto de mis deducciones: ¿hay algo ilegal o irregular en tu casa? Me dijo que sí.

Esto importa, y por eso lo subrayo: yo no sabía nada de su vida. No sabía de su familia, ni del negocio, ni de la policía, ni del problema. Ella no me había dado información previa para que yo dedujera nada por fuera del sueño y de la impresión que Dios había puesto en mi mente en relación a la interpretación. La pregunta salió de mí. Y en Cuba esa pregunta tenía un peso específico, porque no toda ilegalidad era inmoral. Muchas veces ilegal era el nombre administrativo de la supervivencia: negociar, revender, resolver, desviar recursos, inventar una economía debajo de la economía oficial. El país entero estaba construido sobre esa tensión entre lo permitido y lo necesario.

Aún así, lo que yo le dije fue específico. No le dije que algo malo iba a pasar en general, ni que tenía una energía rara, ni una vaguedad espiritual acomodable a cualquier cosa. Le dije que el trabajo de su casa iba a destruir el fruto de su trabajo, y le pregunté si había algo ilegal allí. Eso no es horóscopo. Eso es otra cosa.

El proverbio que se abrió en mi mano

Después hice algo que todavía hoy me incomoda contar, porque puede sonar supersticioso. Abrí la Biblia y puse el dedo en un texto. No era una práctica que yo quisiera convertir en método, ya entonces entendía que eso no debía usarse como juego. Pero lo hice.

El dedo cayó en Proverbios 28:22:

Se apresura a ser rico el avaro, y no sabe que le ha de venir pobreza.

Se lo mostré. No fue un versículo genérico sobre paciencia, consuelo o esperanza. Fue un proverbio sobre alguien que corre detrás de la riqueza y termina encontrándose con pobreza. Y eso encajaba durísimo con la situación de su familia, que estaba tratando de prosperar mediante una vía irregular. Esperaban riqueza y vino pérdida.

Mi suegra había nacido en pobreza y había construido mucha de su identidad alrededor de salir adelante, negociar, hacer dinero, demostrar que podía. No lo digo como crítica, la pobreza marca, humilla, y a veces una persona que logra salir convierte el dinero en una forma de dignidad. Pero el proverbio encajaba en el centro. Con el tiempo supe además que mi suegra había nacido en una finca entre Codicia y Dolores, así se llamaban los dos lugares vecinos. Un detalle que en retrospectiva le pega al escepticismo adulto con el que ahora leo algunos de los nombres bíblicos que parecieran concordar demasiado con el contexto de la historia donde se encuentran. Aunque en ese tiempo no lo sabía aún, todo alrededor de este evento encajaba perfecto: riqueza esperada, pérdida real, pobreza entrando por la puerta.

La conversación fue viernes. Lisi está segura de que el decomiso ocurrió a más tardar el domingo. Ese fin de semana la policía decomisó casi todo lo que había acumulado su familia. El trabajo de la casa había destruido el fruto del trabajo.

Por qué la respuesta no fue evitar el golpe

Después de aquello, Lisi misma conectó los hechos con la conversación. No fui yo años después acomodando la historia, ella la conectó entonces. Y me hizo una pregunta el lunes por la mañana cuando nos volvimos a encontrar en ese ómnibus de camino a la escuela de arte. Una pregunta que sigue siendo, para mí, una de las más importantes de todo este episodio: ¿por qué Dios me dijo eso si no me dio tiempo de hacer nada?

Es una pregunta brutal. Si uno entiende a Dios de forma infantil, la advertencia debería servir para evitar el golpe: Dios avisa, tú actúas, todo se salva. Pero la vida casi nunca funciona así, y la Biblia tampoco.

Yo le pregunté a Dios qué sentido tenía aquello. Lo que vino a mi mente fue: para que ella supiera que Yo estaré con ella en el proceso. No para evitarlo. No para ahorrarle la pérdida. No para convertir el dolor en una película con final cómodo. Para que supiera que no estaba sola. Sí… el Dios de los cristianos teje una red de confianza en nuestras vidas protegiéndonos de la caída libre de la incredulidad, y muchas veces lo hace accionando sobre nuestra vida en cosas que en dimensiones cósmicas no tendrían importancia.

Cuando eso fue dicho, yo no sabía aún algunos detalles. No sabía que su dinero personal, guardado en unos libros, no sería decomisado. La policía revisó esos libros, y cuando estaban cerca de encontrar el dinero, otro policía le dijo al que registraba que dejara eso y se fuera para otro lado. Tampoco sabía que los instrumentos de la familia no serían decomisados, ni que dentro de esos instrumentos había dinero de sus padres que después los ayudaría a aguantar el golpe.

La respuesta no fue: Dios va a impedir el decomiso. La respuesta fue: Dios va a estar contigo en el proceso. Y lo que ocurrió tuvo exactamente esa forma. No se evitó la pérdida, pero quedó provisión. No se anuló el golpe, pero no todo fue destruido. No hubo espectáculo, pero sí una reserva escondida.

Eso es profundamente bíblico. No es genio de la lámpara, ni el dios que convierte cada problema en comodidad. Es el Dios que advierte, acompaña, permite atravesar y a veces deja pan escondido en medio de la ruina.

Por eso esta historia no me apunta solo a algo espiritual genérico, me apunta al cristianismo. Ocurrió mientras yo leía a José, dentro de una conversación sobre sueños e interpretación, fue confirmada por una apertura bíblica en Proverbios, y trataba de riqueza, pobreza, trabajo, fruto, pérdida y provisión. Eso no es una espiritualidad de cualquier marca, tiene gramática cristiana.

La memoria también es evidencia

Alguien puede decirme: mentira, la memoria engaña, capaz ni tú recuerdas bien la historia. Y tiene razón en decirlo. La memoria humana no es una cámara, las historias se pulen, los detalles se mezclan, uno recuerda con más claridad el sentido que la secuencia exacta. No quiero defender esto como fanático, no me sirve un fanático para defender la verdad.

Por eso le pregunté a Lisi punto por punto. (Soy tan absurdo a veces que le hice un formulario de decenas de preguntas específicas con Google Forms). Le pedí que respondiera sola, sin consultarme, sin leer una versión mía, sin dejarse llevar por mi relato. Su respuesta confirmó el núcleo: yo no sabía nada de su vida, ella no me había contado del negocio ni del problema, la pregunta salió de mí, el decomiso ocurrió poco después, ella misma conectó el hecho con la conversación, y parte del dinero quedó preservado de una forma extraña dentro del decomiso. Ya no era solo mi memoria: mi principal testigo vive en mi propia casa, no es una extraña y lo recuerda todo tal cual yo.

La pregunta entonces no es si puedo demostrarle esto al mundo como se demuestra un experimento. No puedo. Nadie puede volver al ómnibus, mirar dentro de mi cabeza adolescente, ni reproducir el viernes, la Biblia, el sueño, la pregunta y el decomiso. La pregunta real es qué hago yo con esto.

La probabilidad y el contexto

Aquí es donde me gusta sentarme con el ateo honesto, no con el militante, y sacar las cuentas en voz alta. Si el ateísmo naturalista fuera cierto, tendría que explicar la cadena completa como una acumulación de coincidencias. Que por casualidad yo estaba leyendo a José. Que por casualidad vi mal a Lisi ese día. Que por casualidad ella había tenido un sueño con pérdida. Que por casualidad lo interpreté en clave de trabajo y de ilegalidad familiar y resulté acertado. Que por casualidad ese mismo fin de semana ocurrió el decomiso. Que por casualidad al abrir la Biblia cayó Proverbios 28:22, justo el versículo que conecta con lo que había pasado. Y que por casualidad dentro del golpe quedó provisión escondida.

Se puede decir, claro. Siempre se puede explicar cualquier cosa si uno está dispuesto a pagar suficiente costo explicativo. Pero llega un punto en que la explicación naturalista deja de sonar como sobriedad y empieza a sonar como defensa.

No tengo un número exacto, pero sí se puede estimar el orden de magnitud, como se estiman tantas probabilidades divulgativas: ganar una lotería, recibir un rayo, adivinar una secuencia de monedas. Si uno toma la cadena completa y corrige por memoria, por dependencia entre variables y por el contexto cubano, el caso sigue cayendo en el rango de miles de millones contra la casualidad (según Opus 4.7 y GPT 5.5 Pro en sus máximas capacidades de razonamiento). No necesito que el número sea perfecto, me basta con entender el tamaño del problema.

Es como intentar adivinar, antes de lanzarlas, la secuencia exacta de más de treinta monedas seguidas.

Y si esto me hubiera ocurrido en un contexto cualquiera, tal vez solo me empujaría a creer que hay algo más que materia y azar. Pero no ocurrió en cualquier contexto. Ocurrió dentro del cristianismo, con símbolos cristianos, con lectura bíblica, interpretación bíblica, proverbio bíblico, y con una respuesta espiritual que encaja con el modo bíblico de entender la providencia.

La niña que no resucitó

Tampoco he sido siempre prudente. Tengo otra historia que me vacunó contra la fantasía de creerme profeta, y me parece importante contarla ahora, porque sin ella la primera se puede leer como triunfalismo barato.

Tiempo después, leyendo los evangelios, llegué al pasaje de Talita cumi: la niña muerta a la que Cristo, entrando, toma de la mano y le dice que se levante. En esos días escuché en la iglesia que una niña se había ahogado y estaba entre la vida y la muerte. Sentí, con sinceridad, que Dios quería que fuera a orar por ella. Fui en bicicleta. Cuando llegué, ya había muerto. La familia no me conocía, pero me dejó orar. Oré en voz alta. Pedí que resucitara. Los médicos y las enfermeras se rieron. La niña no resucitó. Todavía recuerdo el olor dulzón y desagradable de su cuerpecito púrpura y muerto.

Fue devastador. Esa noche terminé acostado en un parque, mirando las estrellas, preguntándome qué hacer con eso. Mi conclusión fue que yo podía equivocarme.

Esa segunda historia no invalida la primera, la calibra. Me impide convertir una experiencia real en un sistema, decir que cada impresión interna viene de Dios, jugar a interpretar sueños o prometer milagros. Me enseñó que el discernimiento humano es frágil, incluso cuando la fe es sincera. Pero no borra lo que pasó con Lisi. Al contrario, le pone límites sanos.

El cristianismo real tiene espacio para las dos cosas: una providencia que aparece con una precisión imposible de olvidar, y un muchacho equivocado que confundió celo, dolor, lectura bíblica e impulso interno. La Biblia nunca presenta la fe como una línea recta de claridad absoluta. Presenta señales y silencios, milagros y tumbas, profetas verdaderos y discernimientos fallidos: José interpretando sueños y Job sin entender nada.

El mundo cristiano es más extraño, más duro y más profundo que la caricatura que muchos creyentes y muchos ateos tienen en la cabeza. La seguridad de ambos algunas veces está injustificada.

Por qué no puedo ser ateo

Espero haber dejado razones lo suficientemente válidas para expresar la siguiente conclusión: si algún día me canso de Dios, mi salida honesta no sería el ateísmo. No podría ser. Sería Job. Sería Jacob peleando con el ángel. Sería el Salmo 88 terminando sin luz. Sería una fe herida, incluso enojada, incluso muda. Pero no la negación.

Como ya comenté al comienzo, no es la única razón, ni la única válida. Tenemos filosofía, historia, transformación personal del carácter, etc.

Pero aún si no tuviera nada de eso, negar a Dios, en mi caso, no sería neutralidad intelectual: sería tratar mi propia biografía como si no fuera evidencia. Sería mirar uno de los episodios más extraños y significativos de mi vida y decir: esto no cuenta porque no cabe en el sistema. Y no puedo hacer eso, no honestamente.

No puedo ser ateo naturalista porque tendría que hacer demasiada violencia contra lo que sé que viví. Y la verdad importa demasiado como para traicionarla.

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