Fe Ismael Guimarais

No hay nada natural en ser HUMANO

Si nuestra moral solo es otro producto de la naturaleza, la humanidad terminó desarrollando una medida superior al proceso que la produjo. Si no lo es, el naturalismo ya perdió su explicación total.

“Si nuestra moral solo es otro producto de la naturaleza, la humanidad terminó desarrollando una medida superior al proceso que la produjo. Si no lo es, el naturalismo ya perdió su explicación total.”


Los mamíferos tienen comportamientos afectivos. Cuidan a sus crías, juegan, buscan contacto, consuelan y pueden establecer vínculos incluso con miembros de otras especies. A algunas de esas conductas las llamamos apego. A otras, duelo. A otras, empatía.

Hasta ahí todo bien.

Pero cuando hablamos de comportamientos agresivos o indiferentes, la imagen se complica. ¿Cómo puede un mamífero comerse vivo a otro mamífero que también tiene boca, ojos y dientes como él, aparentemente sin remordimiento y, a veces, prolongando su sufrimiento como si no importara?

Nosotros también matamos y comemos animales, muchas veces con una facilidad asombrosa para ignorar su sufrimiento. La humanidad no sale inocente del problema. Pero cuando una persona despedaza vivo a otro ser, prolonga su agonía y no muestra ningún remordimiento, no decimos simplemente que así comen los seres humanos. Vemos una deformación moral, una patología o, como mínimo, algo que exige explicación. En muchos depredadores, en cambio, la misma conducta observable no aparece en unos cuantos individuos especialmente crueles. Es una conducta extendida, necesaria y ordinaria para la especie.

Lo que hay que explicar es qué ocurre con la empatía cuando el otro cuerpo corre, grita, forcejea y evidentemente no quiere morir, pero su sufrimiento no parece alterar en nada la conducta del que lo está devorando.

El problema no es cómo lo derriba. Un león puede morder la garganta y una manada puede atacar por la retaguardia. Eso explica el procedimiento. Lo que no explica es cómo podemos hablar con tanta seguridad de afecto y mundo interior cuando un animal cuida, pero convertirlo inmediatamente en una colección de circuitos cuando despedaza a otro.

La objeción más inmediata distingue dos sistemas. El cerebro del depredador activaría un circuito de caza distinto al circuito de afiliación. La presa no entraría en la categoría de sujeto social, sino en la de alimento. La conducta sería instrumental, orientada a un objetivo y recompensada con dopamina. No necesitaría odio ni sadismo.

Pero describir un mecanismo no revela todo lo que existe dentro de una mente. También podría describirse así cierta violencia humana. Fría. Instrumental. Orientada a un objetivo. Recompensada. Y nadie aceptaría que esas cuatro palabras demostraron la ausencia de odio, sadismo o indiferencia ante el sufrimiento de la víctima.

Un circuito explica algo. No explica mágicamente todo.

El cambio de idioma

Hay un cambio de idioma demasiado conveniente en nuestra forma de hablar de los animales.

Cuando una elefanta permanece junto a un cadáver, vemos duelo. Cuando un perro protege a otro, vemos empatía. Cuando una madre arriesga la vida por su cría, vemos amor. No nos conformamos con decir que una descarga hormonal produjo movimientos corporales de conservación del grupo. Inferimos una experiencia interior porque la conducta nos parece suficientemente parecida a la nuestra.

Sin embargo, cuando una orca juega con una foca antes de matarla o un gato prolonga la agonía de un ratón, se acabó de pronto la vida interior. Ya no hay indiferencia, crueldad ni disfrute. Solo entrenamiento motor, reducción de riesgo, sobreestimulación y conducta adaptativa.

Qué casualidad. Para acercar los animales a nosotros, interpretamos. Para proteger la inocencia de la naturaleza, reducimos.

Quizá un gato no disfruta el sufrimiento del ratón. Yo no puedo entrar en la mente del gato y comprobarlo. Precisamente por eso tampoco debería anunciar como hecho demostrado que siente empatía porque una hormona aumentó o porque se acostó junto a otro animal. En ambos casos estamos observando conducta, contexto y reacción. Después inferimos una experiencia.

¿Ya resolvimos el problema de la mente? ¿La empatía es una sustancia biológica que se mide en miligramos? Si es así, la discusión filosófica sobre la conciencia terminó sin que nadie nos avisara. Si no es así, hablemos con más modestia de comportamientos y motivaciones probables.

Y si vamos a inferir, usemos la misma vara. No podemos enriquecer el vocabulario cuando la conducta nos enternece y empobrecerlo cuando nos horroriza.

Se puede objetar que el depredador no reconoce a la presa como un sujeto moral. Su cerebro la clasifica como recurso. Eso le permite matar sin el conflicto que tendría un ser humano.

Muy bien. Entonces acabamos de convertir al ser humano en algo singularmente distinto.

O hablamos de grado o hablamos de esencia

El naturalismo intenta evitar esa consecuencia afirmando que nuestra singularidad también es natural. No habría ruptura. Todo sería continuidad evolutiva. Tenemos los mismos circuitos básicos, pero una corteza más desarrollada, lenguaje simbólico y una capacidad de representación muchísimo mayor. Nuestra empatía, nuestra crueldad y nuestra moral serían versiones hipertrofiadas de facultades presentes en otros animales.

Entonces hablemos de grados y asumamos las consecuencias.

Si la empatía animal es un grado menor de la empatía humana, la indiferencia animal ante el dolor también puede ser un grado menor de nuestra indiferencia. Si el rencor, la venganza, la cooperación y el apego aparecen progresivamente, no existe una razón limpia para detener el continuo justo delante de las palabras que dañan la postal. También habría grados de violencia, odio, crueldad e inmoralidad.

La palabra inmoralidad incomoda. Puedo entender por qué. Un animal probablemente no formula una norma, no delibera como nosotros y no merece la misma responsabilidad. Pero responsabilidad y carácter moral de un acto no son la misma pregunta.

Un niño muy pequeño puede causar un daño sin comprenderlo por completo. Su falta de culpabilidad plena modifica nuestra respuesta hacia él. No vuelve bueno el daño ni convierte a la víctima en una abstracción. Aun así podemos identificar en los niños conductas egoístas. Además, algunos animales tienen mayor capacidad cognitiva que nosotros a ciertas edades. Si en los animales hay grados de conciencia, empatía, intención y capacidad de elegir, también habrá grados de responsabilidad. Negarlo exige colocar una frontera cualitativa en algún punto.

Y eso es exactamente lo que el naturalismo quería evitar.

La salida siguiente suele llamarse emergencia. Acumulamos complejidad hasta que apareció algo nuevo. El agua se calienta y se convierte en vapor. El cerebro se complica y aparece la agencia moral.

La palabra nombra el salto. No lo elimina.

El vapor no juzga moralmente al agua. La trompa del elefante no condena el proceso que produjo al elefante. La ecolocalización permite al murciélago moverse dentro de la naturaleza. Nuestra conciencia moral hace algo mucho más extraño: mira lo que ocurre en la naturaleza y declara que no debería ocurrir.

Si eso es una diferencia de grado, hay que extender el lenguaje moral hacia los demás animales. Se cae la disculpa que los declara incapaces de crueldad mientras los presenta como capaces de empatía.

Si eso es una diferencia de esencia, aparece en una sola especie una clase nueva de interioridad, responsabilidad y deber. Entonces se cae la pretensión de que el naturalismo materialista explicó exhaustivamente al ser humano al explicar su continuidad biológica.

Puedes escoger cualquiera de las dos. Lo que no puedes hacer es llamar al hombre “otro animal más” para reducirlo y convertirlo en una excepción absoluta cuando necesitas absolver al resto de la naturaleza.

La naturaleza produjo las dos cosas

Aquí llega una objeción fuerte. La moral pudo evolucionar porque la cooperación favoreció la supervivencia. El cuidado de las crías, la reciprocidad, la reputación y la cohesión del grupo ofrecieron ventajas reales. No hace falta un alma para explicar por qué aparecieron conductas altruistas.

Lo concedo. Es una explicación posible de su aparición.

Bajo esta teoría también aparecieron el tribalismo, el engaño, la dominación, el abandono del débil y esa habilidad tan nuestra para dejar de ver como persona a quien estorba. Supuestamente la evolución no fabricó solamente a la madre que protege. También fabricó los colmillos, el parásito y el cerebro capaz de convertir al extraño en presa.

¿Con qué parte de la naturaleza juzgaremos a la otra?

Decir que la empatía evolucionó por mecanismos útiles o de conveniencia explicaría de alguna forma por qué podemos sentirla. No explica por qué debemos obedecerla cuando mentir, dominar o abandonar resulta más ventajoso. Si la supervivencia produjo impulsos opuestos, la supervivencia no puede decidir por sí sola cuál de ellos es bueno. Entonces quedamos de nuevo sin una explicación para la moral, la moral que dice que algo puede ser conveniente para mí y aun así no lo haré porque sencillamente “eso está mal”.

También puede objetarse que estoy mezclando lo que ocurre con lo que debe ocurrir. De la naturaleza no se deduce la moral. Que un animal devore al débil no significa que nosotros debamos hacer lo mismo.

Exactamente.

Si el deber no se deduce de la naturaleza, entonces la naturaleza no fundamenta el deber. Puede explicar la historia del cerebro que lo formula, pero todavía no explica su autoridad. Saber por qué llegué a creer algo no demuestra que aquello sea verdad. La genealogía de una convicción no sustituye su justificación.

Otra respuesta posible es afirmar que existen hechos morales objetivos dentro de una realidad completamente natural. El sufrimiento sería malo de verdad y la razón podría descubrirlo sin Dios.

Eso al menos enfrenta el problema. Ahora hay que explicar qué hace objetivo a ese bien, por qué obliga a una criatura que podría beneficiarse ignorándolo y cómo una mente seleccionada para sobrevivir adquirió autoridad para juzgar como inferior el mismo proceso que la seleccionó. Llamar “natural” al hecho moral no resuelve nada si la palabra termina incluyendo una obligación que no puede derivarse de los demás hechos naturales.

El truco siempre es el mismo. Se usa naturaleza como explicación total hasta que aparece la moral. Después se introduce una medida que puede condenar la naturaleza, pero se sigue hablando como si nada nuevo hubiera entrado en la habitación.

Si gana el naturalismo

Llevemos la explicación naturalista hasta el final. Supongamos que no existe ruptura ontológica, propósito, mente superior ni medida trascendente. La naturaleza produjo enteramente al ser humano y también esa moralidad hipertrofiada con la que ahora juzgamos a la naturaleza.

Entonces el mundo natural es profundamente inmoral. No me refiero a que un huracán deba ir a prisión ni a que un león necesite arrepentirse. Me refiero a que el proceso entero está lleno de aquello que nuestra conciencia reconoce como mal: dolor, terror, criaturas devoradas vivas, débiles abandonados, enfermedades que consumen cuerpos y especies cuya supervivencia depende del sufrimiento de otras.

Podemos retirar la palabra inmoral para sentirnos más cómodos. El sufrimiento seguirá ahí. Y nuestra valoración también.

Si esa valoración es solo una preferencia evolucionada, no existe una razón última para que el poderoso la obedezca cuando puede vivir mejor como depredador. Podemos inventar leyes, pactos y castigos. Podemos decir que no queremos una sociedad así. Yo tampoco la quiero. Pero una preferencia colectiva no convierte la compasión en verdad. Cuando desaparecen el castigo, la reputación y la reciprocidad, queda pendiente la pregunta: ¿por qué no actuar como la misma naturaleza que nos produjo?

Ese camino termina en nihilismo, aunque construyamos una ciudad hermosa antes de llegar. La moral sería una herramienta útil, quizás necesaria, pero no una obligación real. La fuerza, la dominación y la depredación seguirían siendo tan naturales como el cuidado.

La otra salida es declarar que nuestra moral sí es superior al proceso natural. Thomas Henry Huxley, biólogo y uno de los grandes defensores de Darwin, tuvo al menos la honestidad de asumirlo. En Evolution and Ethics sostuvo que el progreso ético no consiste en imitar el proceso cósmico, sino en combatirlo. La civilización frena la lucha natural, protege al débil y exige autocontrol donde la selección favorece la autoafirmación.

Eso salva la moral, pero deja una criatura bastante extraña sobre la tierra.

La naturaleza produjo un animal que se levantó contra ella. Un animal que mira los medios por los que llegó a existir y los declara inferiores. Un animal que ya no acepta la supervivencia como bien suficiente, que protege vidas que no le ofrecen ventaja y que puede entregar la suya por alguien que ni siquiera pertenece a su grupo.

Al final, el naturalismo que quería bajarnos del pedestal termina casi divinizando a la humanidad. Nosotros seríamos el punto donde la naturaleza se supera, adquiere conciencia, descubre que siempre había actuado mal y comienza a corregirse a sí misma.

No veo humildad en esa conclusión. Veo al ser humano ocupando el lugar más alto disponible en un universo sin Dios. Somos producto del proceso, juez del proceso y única esperanza de redención del proceso.

O eso, o el nihilismo. O nuestra moral no es verdadera, o es superior a la naturaleza que la produjo.


La bifurcación ya está sobre la mesa.

Si la diferencia entre nosotros y los demás animales es solo de grado, entonces la naturaleza carga con grados reales de empatía y también de crueldad, indiferencia e inmoralidad. El mundo natural deja de ser inocente.

Si la diferencia es de esencia, si en nosotros apareció una conciencia moral capaz de comprender el deber y juzgar incluso sus propios impulsos, entonces el materialismo estricto no basta. La creencia en una agencia superior, natural o divina, queda más que justificada. Ya existe una razón seria para pensar que la mente humana no se agota en los mismos términos con los que explicamos la caza, el hambre y la reproducción.

Y si el naturalismo insiste en haber producido por sí solo esa diferencia, debe aceptar el precio: la creación accidental de un ser moralmente superior a la naturaleza, casi divino, encargado de combatir su origen o resignarse a que toda moral sea una ficción útil.

Yo soy cristiano. Por eso no necesito declarar buena a la naturaleza solo porque sea naturaleza. Pablo puede hablar de una creación que gime, sujeta a corrupción y esperando ser liberada. Puede llamar enemiga a la muerte aunque la muerte esté metida hasta los huesos en nuestra biología. Puede decir que venimos del polvo sin reducirnos al polvo.

También afirma que el ser humano fue hecho a imagen de Dios. Eso significa que nuestra singularidad no es un accidente inexplicable ni una corona que nos colocamos nosotros mismos. La conciencia que acusa, el amor que se sacrifica y la negativa a convertir al otro en alimento o herramienta proceden de una medida superior al hambre y a la supervivencia.

La naturaleza puede explicar por qué tengo dientes. No puede obligarme a decidir que no debo usarlos contra el débil.

Para eso hace falta algo por encima de la naturaleza. Yo lo llamo Dios.

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