Por qué no puedo ser ateo
No llego a Dios desde una pizarra vacía. Llego desde una biografía.
Hay personas que pueden pensar el ateísmo como una posibilidad limpia. Nacen en una casa no religiosa, no tienen experiencias que les parezcan sobrenaturales, estudian los argumentos, miran el sufrimiento del mundo, ven la historia de la iglesia con distancia y concluyen que no creen. Puedo entender ese camino.
Pero ese no es mi caso. Yo no llego a Dios desde una pizarra vacía. Llego desde una biografía. Y una biografía, cuando uno quiere ser honesto, también cuenta como evidencia.
Hay cosas que uno no puede desvivir. Puede someterlas a examen, desconfiar de la memoria, preguntarle a otros testigos, separar lo seguro de lo dudoso, corregir detalles que con los años se contaron de forma menos precisa. Pero no puede hacer como si no hubieran ocurrido. A mí me pasó algo cuando tenía quince o dieciséis años, y como sigo sin poder explicarlo desde el azar puro, todavía se planta en medio de cualquier discusión que yo intente tener con el ateísmo.
Una conversación en un ómnibus
En esa época estaba empezando a tomarme el cristianismo en serio. Leía la Biblia todos los días, oraba, buscaba a Dios con esa intensidad rara de la adolescencia donde se mezclan ingenuidad, hambre real y la posibilidad de hacerte mucho daño. Para mí la Biblia no era todavía un libro domesticado. No era objeto decorativo ni manual de frases bonitas. Era un libro vivo, lleno de puertas.
Estaba leyendo Génesis: la historia de José, vendido por sus hermanos, preso, olvidado, interpretando sueños, entendiendo que debajo de una imagen extraña podía haber una advertencia, una hambruna, una dirección de Dios. Esa historia me tenía tomado.
Estudiaba en la escuela de arte. Viajábamos en un ómnibus pequeño y allí iba también Lisi, que entonces no era mi esposa ni mi novia. Una muchacha reservada, parte del mundo de la escuela y de los muchachos cristianos, pero no alguien cuya vida yo conociera. Un día la vi mal y le pregunté qué le pasaba. Yo era más extrovertido, más metido, más guaroso, como decimos en Cuba. Ella no vino a contarme nada: la pregunta fue mía. Me dijo que había tenido un sueño y que la había dejado mal: una perra y sus cachorros muertos. Una imagen doméstica, fea, perturbadora. No era una visión grandiosa ni una escena religiosa. Era algo cercano y desagradable, y ella venía cargando con eso.
Imaginen el contexto: yo leyendo a José todo el tiempo, pensando en sueños, símbolos, interpretación, en Dios hablando dentro de imágenes raras. Le dije que algunos sueños podían tener interpretación y le pregunté, de alguna forma, si creía que Dios quería decirle algo. Y entonces intenté interpretar. No escuché una voz. No vi una luz. No hubo nada cinematográfico. Lo que vino a mi mente fue una conexión: la perra era el trabajo de su casa, los cachorros el fruto de ese trabajo, y si la imagen hablaba de muerte, entonces el trabajo de su casa iba a destruir el fruto de su trabajo. Se lo dije así.
Y después hice una pregunta que no salió de nada que ella me hubiera contado: ¿hay algo ilegal o irregular en tu casa? Me dijo que sí.
Esto importa: yo no sabía nada de su vida. No sabía de su familia, ni del negocio, ni de la policía, ni del problema. Ella no me había dado información previa para que yo dedujera nada. La pregunta salió de mí.
Y en Cuba esa pregunta tenía un peso específico, porque no toda ilegalidad era inmoral —muchas veces ilegal era el nombre administrativo de la supervivencia: negociar, revender, resolver, desviar recursos, inventar una economía debajo de la economía oficial. El país entero estaba construido sobre una tensión entre lo permitido y lo necesario. Aun así, lo que yo le dije fue específico: no le dije que algo malo iba a pasar, ni que tenía una energía rara, ni una vaguedad espiritual acomodable a cualquier cosa. Le dije que el trabajo de su casa iba a destruir el fruto de su trabajo, y le pregunté si había algo ilegal allí.
El proverbio que se abrió en mi mano
Después hice algo que todavía hoy me incomoda contar, porque puede sonar supersticioso. Abrí la Biblia y puse el dedo en un texto. No era una práctica que yo quisiera convertir en método; entonces ya entendía que eso no debía usarse como juego. Pero lo hice. El dedo cayó en Proverbios 28:22:
Se apresura a ser rico el avaro, y no sabe que le ha de venir pobreza.
Se lo mostré.
Ese detalle pesa mucho para mí. No fue un versículo genérico sobre paciencia, consuelo o esperanza. Fue un proverbio sobre alguien que corre detrás de la riqueza y termina encontrándose con pobreza. Y eso encajaba durísimo con la situación de su familia, que estaba tratando de prosperar mediante una vía irregular. Esperaban riqueza y vino pérdida. Mi suegra había nacido en pobreza y había construido mucha de su identidad alrededor de salir adelante, negociar, hacer dinero, demostrar que podía. No lo digo como insulto: la pobreza marca, humilla, y a veces una persona que logra salir convierte el dinero en una forma de dignidad. Pero el proverbio encajaba en el centro, no de manera decorativa.
Con el tiempo supe además que mi suegra había nacido en un lugar llamado Finca Codicia. No busqué ese eco, no lo podía conocer entonces, pero estaba ahí, como una capa más alrededor del mismo centro: riqueza esperada, pérdida real, pobreza entrando por la puerta.
La conversación fue viernes. Lisi está segura de que el decomiso ocurrió a más tardar el domingo. Ese fin de semana la policía decomisó cosas de su familia. El trabajo de la casa había destruido el fruto del trabajo.
Por qué la respuesta no fue evitar el golpe
Después de aquello, Lisi misma conectó los hechos con la conversación. No fui yo años después acomodando la historia: ella la conectó entonces. Y me hizo una pregunta que sigue siendo, para mí, una de las más importantes de todo este episodio: ¿por qué Dios me dijo eso si no me dio tiempo de hacer nada?
Es una pregunta brutal. Si uno entiende a Dios de forma infantil, la advertencia debería servir para evitar el golpe: Dios avisa, tú actúas, todo se salva. Pero la vida casi nunca funciona así, y la Biblia tampoco.
Le pregunté yo a Dios qué sentido tenía aquello. Lo que vino a mi mente fue: para que ella supiera que Dios iba a estar con ella en el proceso. No para evitarlo, no para ahorrarle la pérdida, no para convertir el dolor en una película con final cómodo. Para que supiera que no estaba sola.
Cuando eso fue dicho, yo no sabía aún algunos detalles. No sabía que su dinero personal, guardado en unos libros, no sería decomisado: la policía revisó esos libros y, cuando estaban cerca de encontrar el dinero, otro policía le dijo al que registraba que dejara eso y se fuera para otro lado. Tampoco sabía que los instrumentos no serían decomisados, ni que dentro de esos instrumentos había dinero de sus padres que después los ayudaría a aguantar el golpe.
La respuesta no fue Dios va a impedir el decomiso. La respuesta fue Dios va a estar contigo en el proceso. Y lo que ocurrió tuvo exactamente esa forma: no se evitó la pérdida, pero quedó provisión. No se anuló el golpe, pero no todo fue destruido. No hubo espectáculo, pero sí una reserva escondida.
Eso es profundamente bíblico. No es el dios de la prosperidad ni el que convierte cada problema en comodidad: es el Dios que advierte, acompaña, permite atravesar y a veces deja pan escondido en medio de la ruina. Por eso esta historia no me apunta solo a algo espiritual: me apunta al cristianismo. Ocurrió mientras yo leía a José, dentro de una conversación sobre sueños e interpretación, fue confirmada por una apertura bíblica en Proverbios, y trataba de riqueza, pobreza, trabajo, fruto, pérdida y provisión. Eso no es una espiritualidad genérica; tiene gramática cristiana.
La memoria también es evidencia
Alguien puede decir: memoria. Y tiene razón en decirlo. La memoria humana no es una cámara: las historias se pulen, los detalles se mezclan, uno recuerda con más claridad el sentido que la secuencia exacta. No quiero defender esto como fanático.
Le pregunté a Lisi punto por punto. Le pedí que respondiera sola, sin consultarme, sin leer una versión mía, sin dejarse llevar por mi relato. Su respuesta confirmó el núcleo: yo no sabía nada de su vida, ella no me había contado del negocio ni del problema, la pregunta salió de mí, el decomiso ocurrió poco después, ella misma conectó el hecho con la conversación, y parte del dinero quedó preservado de una forma extraña dentro del decomiso. Algunos detalles secundarios se ajustaron. Eso no destruyó la historia: la limpió. Una historia limpia vale más que una historia perfecta.
La pregunta entonces no es si puedo demostrarle esto al mundo como se demuestra un experimento. No puedo. Nadie puede volver al ómnibus, mirar dentro de mi cabeza adolescente, ni reproducir el viernes, la Biblia, el sueño, la pregunta y el decomiso. La pregunta real es qué hago yo con esto.
La probabilidad y el contexto
Si el ateísmo naturalista fuera cierto, tendría que explicar la cadena completa como una acumulación de coincidencias: que por casualidad yo estaba leyendo a José, que por casualidad vi mal a Lisi, que por casualidad ella tuvo un sueño con pérdida, que por casualidad lo interpreté en clave de trabajo y de ilegalidad familiar y resulté acertado, que por casualidad ese mismo fin de semana ocurrió el decomiso, que por casualidad al abrir la Biblia cayó Proverbios 28:22, y que por casualidad dentro del golpe quedó provisión escondida.
Se puede decir, claro. Siempre se puede explicar cualquier cosa si uno está dispuesto a pagar suficiente costo explicativo. Pero llega un punto en que la explicación naturalista deja de sonar como sobriedad y empieza a sonar como defensa.
No tengo un número exacto, pero sí se puede estimar el orden de magnitud, como se estiman tantas probabilidades divulgativas: ganar una lotería, recibir un rayo, adivinar una secuencia de monedas. Si uno toma la cadena completa y corrige por memoria, dependencia entre variables y contexto cubano, el caso sigue cayendo en el rango de miles de millones contra la casualidad. No necesito que el número sea perfecto: me basta con entender el tamaño del problema. Es como intentar adivinar, antes de lanzarlas, la secuencia exacta de más de treinta monedas seguidas. No es imposible, pero no es normal.
Y si esto me hubiera ocurrido en un contexto cualquiera, tal vez solo me empujaría a creer que hay algo más que materia y azar. Pero no ocurrió en cualquier contexto: ocurrió dentro del cristianismo, con símbolos cristianos, lectura bíblica, interpretación bíblica, proverbio bíblico y una respuesta espiritual que encaja con el modo bíblico de entender la providencia.
La niña que no resucitó
Tampoco he sido siempre prudente. Tengo otra historia que me vacunó contra la fantasía de creerme profeta.
Tiempo después, leyendo los evangelios, llegué al pasaje de Talita cumi: la niña muerta a la que Cristo, entrando, toma de la mano y le dice que se levante. En esos días escuché en la iglesia que una niña se había ahogado y estaba entre la vida y la muerte. Sentí, con sinceridad, que Dios quería que fuera a orar por ella. Fui en bicicleta. Cuando llegué, ya había muerto. La familia no me conocía, pero me dejó orar. Oré en voz alta. Pedí que resucitara. Los médicos y las enfermeras se rieron. La niña no resucitó. Todavía recuerdo el olor dulzón y desagradable de su cuerpecito púrpura y muerto.
Fue devastador. Esa noche terminé acostado en un parque, mirando las estrellas, preguntándome qué hacer con eso. Y mi conclusión no fue que Dios no existía. Mi conclusión fue que yo podía equivocarme.
Esa segunda historia no invalida la primera: la calibra. Me impide convertir una experiencia real en un sistema, decir que cada impresión interna viene de Dios, jugar a interpretar sueños o prometer milagros. Me enseñó que el discernimiento humano es frágil, incluso cuando la fe es sincera. Pero no borra lo ocurrido con Lisi. Al contrario, le pone límites sanos.
El cristianismo real tiene espacio para las dos cosas: una providencia que aparece con una precisión imposible de olvidar, y un muchacho equivocado que confundió celo, dolor, lectura bíblica e impulso interno. Esa complejidad no me aleja del cristianismo: me lo vuelve más real. La Biblia nunca presenta la fe como una línea recta de claridad absoluta. Presenta señales y silencios, milagros y tumbas, profetas verdaderos y discernimientos fallidos: José interpretando sueños y Job sin entender nada, Cristo resucitando a una niña y Cristo mismo preguntando por qué el Padre lo ha abandonado. El mundo cristiano es más extraño, más duro y más profundo que la caricatura que muchos creyentes y muchos ateos tienen en la cabeza.
Por qué no puedo ser ateo
Si algún día me canso de Dios, mi salida honesta no sería el ateísmo. Sería Job. Sería Jacob peleando con el ángel. Sería el Salmo 88 terminando sin luz. Sería una fe herida, incluso enojada, incluso muda. Pero no la negación.
Porque negar, en mi caso, no sería neutralidad intelectual. Sería tratar mi propia biografía como si no fuera evidencia. Sería mirar uno de los episodios más extraños y significativos de mi vida y decir esto no cuenta porque no cabe en el sistema. Y no puedo hacer eso, no honestamente: no después de Lisi, ni del sueño, ni de la pregunta que me salió sin saber nada de su vida, ni de Proverbios 28:22 cayendo en medio de aquella conversación, ni del decomiso de ese mismo fin de semana, ni de la provisión escondida que quedó justo cuando la respuesta había sido Dios va a estar contigo en el proceso.
No puedo ser ateo naturalista porque tendría que hacer demasiada violencia contra lo que sé que viví. Y la verdad importa demasiado como para traicionarla solo por parecer más razonable.