Política y Cultura Ismael Guimarais

El día que dejé de creer en la Revolución Cubana

Un aplauso unánime, el «shhh» de mis abuelos y la advertencia de una profesora. Así fui dejando de creer en la Revolución Cubana.

Hubo un día en que la Revolución Cubana se me cayó. Yo estaba en casa de mis abuelos, sentado en el piso, viendo, como siempre veíamos, los discursos de Fidel Castro. Y en uno de ellos me di cuenta de que todo el mundo aplaudía. Empezaron a pasar la cámara por los rostros de todos los diputados de la Asamblea: todos aplaudían, se levantaron y aplaudieron más fuerte todavía.

Y de repente me acordé de que en cada una de las intervenciones de Fidel, ya fuera en la Mesa Redonda o en los discursos en público, no había una voz de disidencia, no había un criterio en contra, no había ni siquiera un «Mire, comandante en jefe, me parece muy bien lo que está diciendo, pero…». Incluso sentí un poco de miedo.

Fidel opinaba de pelota

Fidel opinaba de pelota en el periódico y decía que no le había gustado tal jugada. El problema no era que opinara de pelota. El problema era que su opinión se convertía en motivo de análisis, en columna principal. Fidel decidía sobre la economía, sobre la geografía, sobre cada aspecto de nuestras vidas: que si ahora íbamos a comer pescado o a hacer la zafra de los diez millones. Eso yo no lo viví, pero sé que sucedió.

Poco a poco fui atando los cabos, sobre todo cuando en mi escuela había personas que hablaban muy por bajito, muy solapadamente, en contra del sistema, con mucho miedo. Uno sabía que esa gente no estaba de acuerdo, pero uno no se había decidido. Y en silencio yo me fui decidiendo.

El culto

En mi escuela había muchos cuadros, pero todos eran de líderes de la Revolución, sobre todo de Fidel. Con el tiempo aprendí que la Revolución Cubana era un culto a la personalidad de Fidel Castro. Era su mayor logro. Era por lo que estábamos agradecidos. Incluso cuando murió, la canción que le hizo Raúl Torres va de eso: «Los agradecidos te acompañan».

La política y el adoctrinamiento estaban en cada momento de la vida del niño cubano, desde que era pequeño. Teníamos que hacer poesía y obras artísticas, y la mayoría de las veces estaban relacionadas con los líderes de la Revolución, con hablarle al Che, a Fidel o a Camilo. Y cuando fuimos creciendo, incluso en la universidad, se nos daban puntos. Ganábamos mucha más ventaja si participábamos en más actos políticos y si nos demostrábamos más revolucionarios.

El socialismo necesita esos héroes

La Revolución Cubana era un socialismo muy particular, pero no deja de ser un socialismo. No me van a sacar la carta de que eso no era verdadero socialismo. Sí lo era. El socialismo prácticamente necesita una personalidad fuerte, necesita cierto culto, y siempre lo ha tenido. Podemos hablar de Lenin, de cómo decían que había que preservar su cerebro para estudiarlo, porque era el de uno de los más grandes genios de la humanidad. Podemos hablar de la terrible Camboya de Pol Pot, que asesinó a tantas personas. Podemos hablar incluso del Che Guevara.

El socialismo necesita esos héroes porque es una respuesta a la religión. Por eso el Che hablaba del hombre nuevo. Se intenta transformar al ser humano hacia un fin establecido por una élite, por unos caudillos a los que se ve como prometeos del pueblo, como una especie de salvadores. Ellos nos dan el camino a seguir. Y créeme que no estoy exagerando: así hablaría un cubano revolucionario. Fidel nos dio el camino a seguir. La Revolución nos trazó el sendero por el cual debemos transitar.

Esa manera de entender el mundo es violenta. Extremadamente violenta.

Aprobado por unanimidad

Si uno hace un recuento de las leyes que se proponen en la Asamblea del Poder Popular, se va a dar cuenta de que la mayoría se aprueba por unanimidad, y si no, por un porcentaje altísimo. Todos los cubanos nos hemos reído de eso en algún momento. Y es algo terrible también, porque significa que las cosas están decididas por unas vacas sagradas.

Y eso hace, por supuesto, que el gobierno sea muy ineficaz. Imagínate a toda una serie de profesionales y de genios pensantes que están unos contra otros buscando la mejor solución. No se ponen de acuerdo, y al final tienen que llegar a un acuerdo por medio de debates, de discusiones o incluso de compromisos que hacen unos con otros. De esa tesis y esa antítesis sale una síntesis, excelente o devastadora. Se sabrá después, porque se evaluará y se criticará.

¿Cómo vas a comparar eso con que dos o tres ancianos sagrados decidan lo que dos o tres gordos bien posicionados tienen que decir, y de repente cientos de diputados levanten la mano por unanimidad y lo aprueben? No hay manera. Siempre vas a salir perdiendo.

¿Qué me dará el gobierno esta semana?

Uno de los mayores problemas del socialismo es el monolito: el monolito pensante, el monolito económico, el monolito político. Es la planificación central hecha espíritu en todas las aristas de la sociedad. El socialismo es un monopolio, la concentración del poder productivo en una élite política. Ellos critican el monopolio, pero qué mayor monopolio que ese.

Te podrá asombrar si no eres cubano, pero nosotros solamente tenemos una empresa telefónica. ¿Para qué dos, si de todas maneras no hay competencia? Todas son del Estado. Tenemos una sola empresa eléctrica. Incluso los sabores de helado a los que el pueblo puede acceder los determina una producción planificada por el gobierno. Cada vez menos, por supuesto, porque el gobierno ha tenido que buscar estructuras que tantean y juegan con el libre mercado. Sin embargo, todavía hoy el cubano no puede tener empresas donde de verdad ostente el control de su propiedad frente al Estado. El Estado pone las reglas y las cambia cada rato.

Ese monopolio convierte a todos los ciudadanos en esclavos, porque los convierte en dependientes. Ya no piensas en cómo ganarte la vida. Empiezas a pensar en qué hace el gobierno para que tú puedas comer. Y lo escuchas de tus abuelos, de tus padres, de tus tíos: ¿qué me dará el gobierno esta semana, me traerán pollo o pescado por la libreta de racionamiento?

Y no es solo la libreta. El gobierno decide qué marcas van a estar disponibles en las tiendas. No es el mercado, no es la oferta y la demanda, no es que muchos cubanos quieren este tipo de champú o este tipo de papel sanitario y por eso el que vende lo importa para poder vender. No funciona así. El Estado va a determinar qué vas a comer y qué vas a vestir. Y después se va a justificar con el bloqueo.

Es cierto que hay un embargo, y que hay una enemistad entre el gobierno de Estados Unidos y el de Cuba. Sin embargo, Vietnam también tuvo una enemistad con el gobierno norteamericano por mucho tiempo, y estuvo bloqueado hasta 1994. Y hoy a Vietnam le va mucho mejor que a los cubanos. ¿Por qué? Porque se abrió a una economía capitalista. No me malentiendas. No te estoy diciendo que el mejor Estado sea el vietnamita o el chino. Si fuera por mí, yo quisiera libertad total, porque la libertad permite la equivocación individual que muchas veces produce genialidades: la disrupción, estar en contra o a favor, debatir, llegar a una síntesis, no tener miedo de hablar. Pero entre no tener eso y tener por lo menos una libertad económica, una capacidad de producir y de comer de lo que se produjo sin intermediarios ni chulos del gobierno, yo quiero comida para los cubanos y para mi familia.

Hay inventores geniales en Cuba. Pero solo logran vivir de eso los que entran en un mecanismo por el cual el gobierno puede exportar sus invenciones. Los demás se los callan, porque al final el gobierno se va a quedar con la propiedad intelectual, o simplemente los tienen para sí, en su pequeño micromundo, donde los disfrutan. El socialismo es un monolito. Es la disgregación de la individualidad humana bajo el pretexto de la igualdad.

Hablar bajito

Todo eso yo no lo sabía decir cuando era un niño. Lo que sabía es que mis abuelos a cada rato me decían: «Shhh, no hables alto de eso». En casa de mis amigos y de mis familiares había un tema tabú, y era la crítica contra el gobierno. Cuando hablábamos de esos temas, teníamos que hacerlo en voz baja.

En cada universidad y en cada centro de trabajo existía una especie de policía política. Le llamaban el ideológico del Partido. Era la persona que buscaba las deficiencias ideológicas de nosotros los cubanos para rectificarlas o para identificarlas y aislarlas del resto. Era quien decidía, por ejemplo, qué cosas se tenían que censurar en los programas de radio porque no eran ideológicamente correctas. Era una policía del pensamiento.

El que se ha leído a Orwell entenderá que fue un profeta. Cuba es una distopía, y esa distopía es la vida de cada uno de nosotros los cubanos.

Las paredes tenían oídos

Recuerdo las historias de personas del barrio que morían con 50 o 56 años, y al otro día les hacían una despedida militar. Eran espías dentro del pueblo. Ni su mujer ni sus hijos lo sabían. Nadie lo sabía. Siempre habían sido parte de ese sistema que controlaba a los demás. Eran de la policía política, de los que obtenían información sobre los disidentes. Y cuando no había disidentes, informaban sobre los que hacían actividades comerciales ilícitas tan graves y tan terribles como tener una máquina de plástico para hacer tomacorrientes y utensilios de cocina.

¿Te imaginas estar tantos años con tu papá y enterarte a los 56, cuando le dio un infarto, de que siempre fue parte de la policía política? Lo entiendo en naciones extranjeras, pero ¿un espía dentro del pueblo? Y no era un caso aislado. Era bastante común, y sucedió también en el resto del campo socialista. Por eso para nosotros las paredes tenían oídos.

Hoy vamos a comer muu

Los cubanos nos reímos de nuestra desgracia. El animal sagrado de Cuba era la vaca. No se podía comer, porque era del gobierno, y matarla y comerla era un delito gravísimo. Cuando alguien se arriesgaba y nos la vendía, teníamos que decirlo en secreto. Mi abuela me decía: «Hoy vamos a comer muu». Y me decía así: «Shhh».

«Cuidado»

Con el tiempo me di cuenta de que ya no formaba parte de ese culto, pero no podía decirlo en público. Me podían excomulgar. Y no es simplemente que te dejen de hablar, como sucede con los testigos de Jehová, o que te intenten convencer, como hacen tus hermanos protestantes si en algún momento dejas de creer en Dios. No. Era más cruel. Podías perder el trabajo o la universidad, porque «la universidad es para los revolucionarios».

En la universidad, incluso en el tiempo en que todavía pensaba que cierto tipo de socialismo podía ser viable, le dije a una de mis profesoras que ese mural enorme de Fidel Castro en la parte de atrás de la escuela no tenía ningún sentido. Artísticamente no funcionaba. La luz en ese lugar no le daba. Era un despropósito. En ese lugar podía haber un mural sobre la cultura cubana o sobre los propósitos de la escuela, o una obra abstracta con la que los estudiantes pudieran identificarse.

La profesora me dirigió una mirada que nunca se me va a olvidar, con una advertencia: «Cuidado. Cuidado».

Era una profesora muy amable. La recuerdo con mucho cariño. Después fue vecina mía, y de verdad era una persona maravillosa.

Por qué la gente sigue creyendo

El socialismo captura las mentes de sus capturados. Los vuelve agresores, porque ellos han sido agredidos, como pasa en una casa con violencia doméstica. El niño crece y repite el comportamiento con sus hijos, porque considera que lo que le pasó fue la educación correcta, y justifica lo que le hicieron para haber tenido, aunque sea en su imaginación, una buena niñez.

Yo mismo, en mis años de socialista, no era del todo afín al oficialismo. Pero la Revolución Cubana representaba uno de los baluartes más grandes del intento socialista en la región, y me sentía más atraído a apoyarla que a rechazarla. Entendía que la estaba apoyando a pesar de que era un monstruo con demasiadas imperfecciones, que probablemente necesitaba ser deconstruido para volver a construirse. No me acuerdo de cuántas discusiones tuve con amigos. Yo creía que hacía falta control y orden por parte del gobierno para lograr una economía pujante frente a las grandes potencias que ya tenían repartido el mundo.

Esas dos cosas, el imperialismo como el odio que enciende la llama socialista y te mantiene justificando todos los errores de tus líderes, y el miedo a las represalias por pensar diferente, son lo que mantiene a muchas personas todavía en esa idea.

Un ave sin alas

Yo recuerdo cómo se veía al turista, al extranjero. A las personas con las que hoy convivo, a mis amigos, a mis compañeros, se les veía como dioses capaces de salvarte, capaces de alejarte del fatalismo de haber nacido donde naciste. El cubano emigraba a todas partes, hasta a Haití, porque allí se podía comerciar más o menos y vivir. Buscaba un poco de aire en la asfixia a la que el gobierno de Cuba tiene sometidos a sus esclavos.

Ser cubano es ser un ave sin alas. Es ser alguien a quien se las han arrebatado. No importa con qué talento naciste. Atletas, artistas, todos los que nacimos bajo el signo del castrismo hemos tenido que sufrir la mutilación de nuestros sueños. Hemos tenido que emigrar para, después de muchos años, comenzar nuestros proyectos y comenzar a ser personas.

Mi fe en Dios me explica

Yo perdí la fe en el socialismo y estoy muy agradecido por eso, porque no creo que sea compatible con una fe racional en Dios. Sí, hay muchos cristianos que son socialistas. Y sí, por supuesto que se puede ser cristiano y socialista, porque se puede ser cristiano y tantas cosas equivocadas.

El socialismo es una idea bonita cuando es voluntario. Un par de amigos, una familia, un matrimonio se ponen de acuerdo para compartir. Los platos son de todos. La casa es un espacio compartido. Si te hace falta un poco de lo mío, te lo doy. Yo no soy de esos que buscan un espacio privado y una economía para cada uno. En la familia existe una especie de socialismo voluntario, y es el único que puede existir, porque viene enlazado por el amor. Pero cuando el socialismo viene por las armas, pierde toda la gracia, porque tienes que opacar la individualidad. Tienes que reprimir la libertad para lograr una cohesión que no es natural.

El socialismo no es más que el gobierno de los mediocres, la potestad de los envidiosos. ¿Eso significa que todo socialista es envidioso o mediocre? No. Ha habido genios. Pero el gobierno que se establece es un gobierno mediocre, porque la genialidad del ser humano está en la libertad de pensar, en que el Estado no coloque al individuo en una posición concreta, en una función concreta. La individualidad del ser humano es disruptiva, y eso la hace creativa. Por eso una de las grandes barrabasadas de Fidel fue hablarles a los intelectuales, en su famoso discurso de 1961, y explicarles que no podía haber una intelectualidad lejos de la Revolución, o lo que era lo mismo, lejos de él y de su pensamiento: «Dentro de la Revolución, todo. Contra la Revolución, nada».

Mi fe en Dios me explica que el paraíso real del ser humano está en la transformación del carácter en una sociedad libre, en una sociedad donde cada uno pueda establecer su proyecto de vida. Si Dios nos dio la capacidad de ser libres, si Dios nos da incluso la libertad de negarlo y de vivir como si Él no existiese, ¿cómo mi gobierno va a impedirme pensar diferente, tener mi propio criterio, mi propio proyecto, mi propiedad?

Lo que tardó más

Perdí la fe en la Revolución Cubana desde muy temprano, pero tuvieron que pasar muchos años para que perdiera la fe en el socialismo. Yo creía sinceramente que la cooperación era mejor que la competencia. Creía que una centralización que dirigiera las partes de la economía era más beneficiosa que tenerlas luchando entre sí. Creía que era un deber del Estado ofrecer a los más pobres el excedente que dejaban los más afortunados. Pero eso es otra historia.

Patria y vida

Yo, gracias a Dios, ya no soy socialista. Espero que mi Cuba sea libre y que la dictadura sea arrancada y extirpada de esta tierra que tanto pudo ser y que todavía no ha sido, por culpa de egoístas y traidores que, en nombre de una filosofía nefasta, han creado en Latinoamérica la más longeva y triste de las dictaduras: la dictadura cubana.

Patria y vida.

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